Colegio "Antonio Sequeros" Benejúzar

Antonio Sequeros

ANTONIO SEQUEROS LÓPEZ (1900-1983)

Antonio Sequeros López nace en Benejúzar el 6 de junio de 1900. Estudia primaria en su localidad, bajo la dirección del excelente maestro Angelino Fons y prosigue los estudios superiores en Alicante y Murcia. Ingresa en Madrid en el Cuerpo Técnico de Correos y comienza los estudios de Filosofía y Letras. Gana por concurso una plaza de profesor de Lengua y Literatura en el Colegio de Huérfanos de Correos y, al mismo tiempo, es también profesor del Politécnico de Madrid. Obtiene la cátedra de Geografía e História en el instituto de Orihuela de la que es separado después de la Guerra Civil. Posteriormente funda el Instituto Politécnico de Almoradí. Pocos años después, reingresa en el Cuerpo Oficial de Agregados de Enseñanza media y es destinado al Instituto Alfonso X el Sabio de Murcia. Durante su jubilación, prosigue su tarea ensayística y literaria. Muere el 12 de noviembre de 1983.

Su vocación literaria es tan temprana como la que siente por la enseñanza. Comienza escribiendo poesía en periódicos de Albacete, Alicante y, poco después, en Madrid. Funda en su pueblo el semanario Patricia Chica y colabora con el periódico regional Renacer de Orihuela. Tras una pausa en las publicaciones, su nombre aparece en La Verdad de Murcia, Información de Alicante y Semana Santa de Orihuela.

Ya antes de la Guerra Civil, publicó un libro titulado El poeta y su musa; pero es a partir de 1948 cuando comienza su actividad creadora.

Títulos importantes: Necesidad de la cultura (1948), Determinantes históricas de la generación del 98 (1953), Teoría de la huerta y otros ensayos (1956...Sus últimos libros: España y Azorín (1967), Con el 98 y su proyección literaria (1972)...

TEXTOS ESCOGIDOS PROSAS DE AYER (Fragmento)

CAMPO.- El tiempo en el campo no cuenta. No hay más reloj que el Sol en su aparente carrera por el infinito y celeste horario del curvo horizonte, con las innúmeras saetillas de este horario que son las móviles sombras proyectadas por cada arborillo.

No obstante, las horas vividas en el campo tienen personalidad y fisonomía propias. No son iguales todas, aunque lo parezcan a los miopes qeu pasan por él. Cada tránsito del tiempo tiene un matiz inconfundible, tiene su expresión. Su luz es distinta, y distinto su eco, y distinta, también, la composición de su armonía. Díganlo si no los artistas en general, y en particular los pintores, y, de éstos, sobre todo, los impresionistas -los Millet, Corot, Manet, Courbet, Delacroix- que vieron las cosas a través de una paleta de vivas sensaciones -"Angelus", "Dejeuner sur l'herbe", "Bonjour, monsieur Courbet"-, maravillosa expresión de este fenómeno visual del tiempo "a plein air".

En el campo hay horas jubilosas y musicales, diáfanas y optimistas, como las del amanecer, horas lentas, abrumadoras y perezosas, como las del mediodía; horas graves y solemnes, nostálgicas y evocadoras, como las de la puesta de sol. Y, entre estos instantes, los más definidos del día, una variedad indefinida de horas grises, y azules, y rosas; de horas mudas, que no expresan nada e invitan la la reflexión, y de rumorosas horas, propicias a la sugerencia y a la comunicación; horas de paz y de trabajo; horas que son un incentivo a la actividad del músculo, y horas para el ensueño, y horas para la oración. Y, copulándolo todo, la noche: la noche campera-nocturno total-, que es la magna invitación al recogimento.

(Prosas de ayer, 1951).

TEORÍA DE LA HUERTA (Fragmento)

NOCHES DE LA HUERTA.- Noche compañera del alma; noche del caminante de congojas, del que ansía elevar sus pensamientos por escalas de invisible cielo. Noche para soñar por los caminos, ansioso de intuidas lejanías, sin otro rumor que el de la brisa, impregnada del suave aliento de la flora o estremecida de ritmos pajareros, de nunca escuchadas melodías.

"Noche oscura del alma", cantó el carmelitano, compañero de ensueños de la Santa Avila, para remontarse hasta celestes claridades. Noche clara de cielo, deberíamos cantar nosotros, desde las lobregueces de nuestra alma, en fuga perenne de ansiedades. Y, más aún, desde aquí, desde esta huerta florecida, entre el concierto de un mundo invisible de cantores, que hacen su nocturno sinfonía bajo la amplia cúpula del cielo.

Noches de mi huerta. Noches estivales de mi huerta, no de soledades solas, sino de soledad sonora; no de inmensas amplitudes sin rumores; no de soledades mudas, como las noches parameras de Castilla, sino de claras soledades, brizadas de alientos frescos y floridos.

Música callada de las noches de mi huerta, que alivia al caminante de pesares, haciendo leve y corto su camino; que no fatiga ni cansa, sino que en su armonía descansa y se recrea, sin prisa de pasarlo, sino con temor de no quedarse en él prendido, y hasta dormido en su embeleso.

Noche profunda de mi huerta, de complejas sensaciones llena; que no pesa ni ahuyenta el sonoro vacío de tu presencia. Quizá el suave temblor de tanta vida, germinando, a la vez, en el augusto regazo de tus sombras, sea como un himno de amor y alabanza, anónimo y difuso, perdido en la anchura de tu espacio.

Las noches de mi huerta son únicas; únicas por su apacible serenidad. Como que no infunden temor ni sobresalto alguno. Su silencio no es silencio de tumba, sino de bosque. Su obscuridad no es profunda ni abismática, porque la traspasan infinitas saetas estelares. Y, si la luna reina en sus ámbitos, entonces, hasta el misterio se deshace en claridad.

(Teoría de la huerta, 1956).

EL 98 Y SU PROYECCIÓN LITERARIA (Fragmento)

EL 98, SEGUNDO SIGLO DE ORO.- Por un grupo de hombres, escritores en su mayoría, más que por marcar el fin de nuestro Imperio Colonial, el 98 se ha convertido en núcleo fundamental de un segundo Siglo de Oro de la cultura española. Querámoslo o no, en él convergen las diversas directrices que, desde muy atrás de esta fecha, han ido jalonando es áspero y doloroso camino de una decadencia. En su ámbito, en ese 98 fatídico, como hecho histórico, se ha incubado, trascendido de un nuevo espíritu nacido del dolor de una derrota, todo el pensamiento y todo el sentimiento que da carácter, personalidad y estilo a ese conjunto de hombres egregios que constituyen la plataforma del noventayochismo. Después, ese mismo espíritu se ha proyectado, con más o menos fulgor, pero sin perder las esencias que le dieron vida, en diversas direcciones, durante las primeras décadas del siglo actual.

Por tanto, si el 98 es la culminación de un proceso histórico en decadencia, señala, por otra parte, el arranque y plenitud de un momento cultural de máximo esplendor en nuestra patria. "La catástrofe colonial pudo determinar una violenta sacudida revolucionaria. Mas quiso el cielo que el descontento general escapase por la válvula de las letras", como dijera acertadamente Melchor Fernández Almagro. Así, el 98 se convierte en símbolo, y representa el instante cenital de toda una época. De una época donde hacen crisis muchos valores, quedando tan sólo, como brillantes hitos, los hombres representativos de ese momento, los que integran la tan discutida y controvertida generación del 98, cuyo impulso renovador y crítico señala alturas insospechadas, que sólo tienen parangón, en las letras españolas, con la hora de plenitud de nuestros clásicos.

Hay, pues, cierto paralelismo en las circunstancias generadoras de ambos famosos grupos, que coinciden, precisamente, en instantes de decadencia del poderío español. Quizá esto explique que las reacciones de nuestra sensibilidad, más propicias a los radicalismos místicos, se exterioricen en anhelos de agudo interiorismo y de máxima perfección formal, cuando se producen eclipses en la marcha triunfal de nuestro acontecer histórico. Por eso, si en Cervantes y en Quevedo se preludian ya los ecos de amargo pesimismo que intuyen la decadencia, en Larra y en Ganivet se presienten los lamentos precursores de la derrota. Lo demás, las consiguientes reacciones ante la dolorida situación de un pueblo, viene después, dando origen a ideologías y sentires, bellamente expresados, en esos dos mundos, de altísima valoración cultural, el de los Clásicos y el del 98.

Los hombres del 98 son pesimistas. También lo fueron Cervantes, Quevedo y la mayoría de los clásicos. Pero el suyo es un pesimismo agridulce. Engendrado de la tristeza que en ellos produce el "desastre", no se retuercen solamente en hondas convulsiones de dolor, que sirva de fermento a sus quimeras, sino que en éstas palpita un hálito esperanzador de salvación española. Por eso su pesimismo no define en ellos una actitud demoledora y negativa, como algunos han atribuido a estos hombres,sino que articula más bien un ansia renovadora, precisamente porque se asienta, no en los conductores más o menos frívolos que nos llevaron a la derrota, sino en el recio y firme subsuelo de la raza.

(El 98 y su proyección literaria, 1972).