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Bigastro
se encuentra situado en la comarca de la Vega Baja del Segura, este
municipio surgió como un espacio eminentemente agrícola, cuya
ocupación respondía al intenso proceso colonizador llevado a cabo a lo
largo del siglo XVIII, en este caso por el Cabildo de la Catedral de
Orihuela en unas fincas de su propiedad.
Este proceso se inició en 1967 cuando se realiza la primera reunión
capitular para tratar sobre la fundación del Señorío eclesiástico de
Bigastro, en el territorio cercano denominado Lugar Nuevo de los
Canónigos. Para ello, era necesario comprometerse a realizar el pago de
100 libras, con la obligación de construir dieciséis casas para
colonos.
En 1701 el Cabildo adquiere tres fincas. Torre de Masquefa, Alpatern y
la tercera heredad en la partida de Alquibla, que constituirían el
núcleo inicial del municipio.
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Para
completar las 408 Ha. con las que se fundó el municipio el Cabildo
adquirió o permutó diversos bienes y de esta forma, decidió asentar
inicialmente a veintiséis pobladores, mediante la facultad concedida a
los naturales del Reino de Valencia por el Rey Don Alfonso II.
El
16 de octubre de 1701 se otorgó escritura de concordia de población a
los nuevos pobladores, que fue ratificada en 1715, fecha que marcó el
desarrollo de esta población. El documento marcaba las relaciones de
vasallaje de los nuevos pobladores con el clero diocesano.
La
situación de los vasallos en estas primeras décadas no fue nada
satisfactoria, pues además de los censos impuestos y las deudas
acumuladas, la Guerra de Sucesión obligó a donar no solo bienes sino a
aportar hombres al ejército.
Se
creó así, un asentamiento de jóvenes colonos a los que el
terrateniente hacia entrega del dominio útil de la tierra a perpetuidad
para su cultivo. Cada beneficiario reconocía al Cabildo como dueño
indiscutible de la tierra y recibía a cambio, un lote grande de tierra
para explotar, que se fue reduciendo con el tiempo debido a sucesiones
hereditarias principalmente. Este territorio, tenía dos vertientes bien
diferenciadas, por un lado el regadío al norte del municipio, la huerta
tradicional, abastecida por la Acequia de Alquibla; y el secano o
tierras de campo, con sus cerros y lomas al sur.
La
producción agrícola se orientó hacia el cereal (trigo, cebada,
maíz), olivo, viña, morera, hortalizas y frutales. A mediados del
siglo XIX, la crisis de la producción sedera provocó la recuperación
de tierras abandonadas y permitió la introducción paulatina de un
nuevo cultivo en la comarca, el naranjo.
Este
sistema de producción y administración dependiente del clero se
mantuvo hasta principios del siglo XIX, no sin problemas, ya que se
cuestionaba la obligación de utilizar los servicios de las regalías.
Claro ejemplo de ello fue el pleito que se llevó a cabo en la Real
Audiencia de Valencia y que se saldó en 1819 con la firma de un
convenio entre el Ayuntamiento de Bigastro y el Cabildo, por el cual se
preservaban los derechos señoriales, al tiempo que se liberalizaba el
establecimiento de riendas entre los domiciliados.
Las
regalías o servicios de uso común venían recogidas en los capítulos
de la Carta Puebla, como derechos exclusivos y privativos del clero
catedralicio. A través de ellos ejercían el más riguroso control de
la actividad económica que se desarrollaba en la población y anulaban
cualquier brote emprendedor por parte de los colonos. En el momento de
la fundación el municipio contaba con horno, taberna, tienda, mesón,
molino, era, balsa y saladares, adquiriendo el compromiso de crear un
horno harinero y almazara, que serían arrendados a los vecinos mediante
un contrato específico y en subasta pública.
Uno
de los casos más relevantes fue el presentado por Manuel Villanueva
Torregrosa, diputado del común de Bigastro, contra el Cabildo por la
construcción de una almazara en sus tierras, a la que acudían el resto
de colonos, ocasionando una clara competencia respecto a las
"oficiales".
El
dictamen finalmente quedó desestimado, pero marcó un hito en la
imparable autonomía que el municipio estaba adquiriendo.
Esta
corriente iniciada desde la segunda mitad del siglo XVIII, había puesto
de manifiesto la latente oposición antiseñorial que se vivía en
Bigastro y cuyos exponentes máximos se dejaron sentir a raíz de la
crisis de subsistencia de 1776 y en los años precios al reconocimiento
de los capítulos de población a favor del Cabildo de 1801.
Estos
problemas se vieron profundamente agravados con las disposiciones
abolicionistas de 1811, que acabaron con la jurisdicción alfonsina y la
ley de desamortización de 1855, que privó definitivamente a la Iglesia
de sus bienes y privilegios.
Con
el rescate de sus dominios intentó contrarrestar la disminución de sus
rentas entregándolas en arriendo a nuevos habitantes, pero de nuevo los
perdió con la primera ley desamortizadora de 1837. Este proceso
que se vio ralentizado inicialmente por las guerras carlistas tuvo su
punto culminante en los años 1843-44, aunque el Cabildo intentó
mantener intacto el señorío de Bigastro, hasta que la ley
desamortizadora de 1855 permitió la venta de las antiguas regalías o
servicios comunes.
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