El inicio del siglo viene marcado por el estancamiento y la crisis económica,
que luego se verán agravados por la Guerra de la Independencia y los abundantes
conflictos civiles decimonónicos. Guardamar fue retaguardia durante la Guerra
del Francés, aunque se temió siempre un desembarco de las tropas napoleónicas.
Tras declarar la guerra a Francia el 28 de mayo de 1808, el ayuntamiento,
siguiendo las órdenes del Capitán General, formó dos compañías de
voluntarios, Milicias Honradas del Reino, que se encargaron de vigilar la costa
y de proteger el castillo. Pero el desembarco enemigo no se produjo.
A los doce años de acabar la Guerra de la Independencia, las playas de Guardamar
fueron escenario de una romántica intentona de proclamar la Constitución de
1812 y acabar con el gobierno absolutista de Fernando VII. El 19 de febrero de
1826 sesenta revolucionarios liberales, capitaneados por los hermanos Bazán,
desembarcaron en Guardamar y ocuparon temporalmente el pueblo. Se llevaron las
pocas armas que había en el castillo y proclamaron la Constitución. Pero la
elección no había sido correcta, porque se encontraban en una comarca
mayoritariamente absolutista donde lograron escaso apoyo y ayuda. Al poco tiempo
fueron aniquilados por las tropas del gobierno en la huerta de Alicante y la
mayoría de ellos fusilados.
Sin embargo, si algo determinó la vida de Guardamar en el siglo XIX, fue el
terremoto de 1829 que lo arrasó y obligó a reconstruirlo en el emplazamiento
actual. De hecho, de 1800 a 1830 aumentó la actividad sísmica en todo el
sureste peninsular, advirtiéndose temblores de tierra en los años 1802, 1803,
1822, 1823, 1826, y 1828. Según el testimonio de Miñano, el de 1826 afectó a
las murallas y a la mayoría de los edificios. Los principales terremotos fueron
los de
los días 21 y 23 de marzo de 1829 que destruyeron Guardamar y muchos de los
pueblos vecinos.
El resultado fue calamitoso, pues fueron asoladas las localidades de Almoradí,
Benejuzar, Rafal, Rojales, San Bartolomé, Torrelamata, Torrevieja y Guardamar.
Quedaron medio arruinados Dolores, Benijófar, San Fulgencio, Formentera, Daya
Nueva, Daya Vieja, La Puebla, La Parroquia de San Miguel (actual San Miguel de
Salinas), y la mayoría de las casas de campo.
Los efectos del seismo también afectaron a lugares más alejados como Murcia,
Elche o Alicante.
| Manzanas
de casas enterradas por las arenas (siglo XIX) |
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En Guardamar fueron destruidas 557 casas, la iglesia,
parroquias, tres ermitas, la fortaleza, dos molinos harineros, dos silos y tres
almazaras. Sorprendentemente, sólo hubo ocho muertos y catorce heridos,
probablemente porque la población ya estaba alertada por el terremoto del día
21 que destruyó Torrevieja y Almoradí, y el de aquí fue dos días después,
el 23 de marzo. El movimiento sísmico tenía su epicentro en el actual término
municipal de Torrevieja y alcanzó una magnitud de 6,3 en la escala de Ritcher y
una intensidad de X 1/2 en la escala de Mercalli. Sólo en Guardamar dejó a
3.000 personas sin vivienda. |
Ante tan graves noticias llegadas a la Corte y los apremios del obispo de
Orihuela, D. Félix Herrero Valverde, el Rey envió un comisionado a evaluar las
pérdidas. Se trataba de D. Agustín de Larramendi, ingeniero con categoría de
Intendente Honorario de Provincia. La sorpresa de éste al conocer la magnitud
de los daños fue mayúscula. En connivencia con el Obispo redactó un plan para
la reconstrucción de la zona afectada.
La nueva Guardamar se planifica como un pueblo alargado, construido a partir de
un eje central (actuales calle Mayor-Avenida País Valenciano) con tres plazas,
una grande y rectangular en el centro, en medio de la cual se levantará la
parroquia, y dos redondas en los extremos. Guardamar se edificó en una
ladera orientada hacia el mar siguiendo las instrucciones establecidas por
Larramendi que, en el informe número tres enviado al Rey, establecía las
siguientes normas:
1. Determinación de la situación más ventajosa de los pueblos, por lo que
cambia la situación de Guardamar con vistas a una mayor seguridad.
2. Trazado de nueva planta regular con calles que se cortan en ángulo recto.
3. Realización de la construcción con todas las prevenciones necesarias en una
zona con actividad sísmica: calles de cuarenta a cincuenta pies de ancho, casas
de una sola planta con quince pies de alto como máximo y amplios espacios de
seguridad como patios interiores y anchas vías públicas.
4. Uso abundante en las edificaciones de madera muy trabada entre sí y de
mampostería. Para impedir desprendimientos se eliminan cornisas, voladizos,
balaustradas, etc.
5. Consideración de la reconstrucción como una obra pública del Estado, que
además dirigiría, porque ésta sería la única manera de que las
obras se llevaran a cabo.
6. Plantación de árboles en las calles y de
parrales en los patios, para mitigar los efectos del sol veraniego y producir leña
y frutos.
Se construyó quinientas sesenta casas de una sola planta, repartidas en
veintidós manzanas, con un mínimo de treinta pies de fachada y cuarenta de
fondo. El pueblo tenía una gran plaza central de quinientos pies de largo y
doscientos cuarenta de ancho y dos circulares en los extremos de ciento sesenta
pies de diámetro. El terreno sobre el que se levantó costó dieciséis mil
reales, las obras ascendieron a 1.793.821, y además se socorrió al vecindario
con otros 140.863 ; en total, 1.950.684 reales. El edificio más notable de la
nueva población era la iglesia parroquial a la que se destinó un solar en la
Plaza Mayor y cuyas obras se demoraron por más de sesenta años. A mediados del
siglo XIX Guardamar tenía, según Madoz, 2.237 habitantes, escuela pública de niños,
otra para niñas y dos privadas, una para cada sexo. Es decir,
una situación demográfica similar o incluso inferior a la del siglo anterior.
Las vicisitudes de los primeros años del siglo XIX fueron las responsables de
este débil crecimiento.
En la primavera de 1896 se iniciaron las tareas de repoblación forestal bajo la
dirección del Ingeniero de Montes, D. Francisco Mira y Botella, y la supervisión
del ingeniero murciano D. Ricardo Codorníu y Starico -el apóstol del árbol-.
Los trabajos en los que participó la mayoría del pueblo duraron algo más de
veinte años y costaron 647.000 pesetas de las de entonces, que incluían mano
de obra, semillas... Consistieron fundamentalmente en la plantación de especies
adaptadas a los suelos arenosos y a la sequía crónica, como el pino pionero,
el pino carrasco, eucaliptos o palmeras. También se emplearon especies herbáceas
de menor entidad como el barrón, la mata melera, o la que popularmente se
conoce como matacuchillo.. La repoblación de las dunas dio a Guardamar una de
sus señas de identidad y uno de sus parajes más hermosos. Pero no hay que
olvidar que al mismo tiempo garantizó durante esos años el trabajo y la
prosperidad de muchas familias y fue sentida como una verdadera empresa común
por todo Guardamar.
| D.
Alfonso XIII inaugurando las instalaciones de Riegos de Levante en
la margen izquierda del río Segura |
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Esta repoblación y la
ampliación del regadío a la zona del Campo supusieron para nuestro
pueblo la verdadera entrada en el siglo XX. En efecto, en 1918 se
constituyó la "Real Compañía de Riegos de Levante", que
construyó dos canales para aprovechar los caudales sobrantes que en
aquellos tiempos tenía el Segura. En el proyecto tuvieron mucho que ver
los grandes propietarios de la zona, como el conocido político D. Joaquín
Chapaprieta, pero la empresa también estaba avalada por grandes bancos y
el propio Alfonso XII era uno de los primeros accionistas, por lo que
puede calificarse corno proyecto nacional.
A raíz de ello se desmontó la noria que desde tiempo inmemorial funcionaba
junto al molino harinero de San Antonio en el azud de Guardamar, y se sustituyó
por el primer motor elevador de agua eléctrico (la bombeta). Fue
entonces cuando la luz eléctrica comenzó a utilizarse en los hogares
privilegiados de la localidad. De regia coronación de este proceso puede
calificarse la visita de D. Alfonso XIII en miércoles 31 de enero de 1923.
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El monarca, acompañado de las autoridades, inauguró el canal levantando las
compuertas, y posteriormente se dirigió a pie al pueblo, visitando las dunas y
la iglesia. Paseando sin escolta y acompañado por los guardamarencos, inauguró
oficialmente el Parque que llevaría su nombre y dio por finalizada su estancia
en la localidad.
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Años después, en 1929 se construyó el puente de hierro. El año 1923 fue
también el del golpe de Estado del General Primo de Rivera (13 de septiembre).
Esto acabó con el sistema de turno entre los partidos conservador y liberal
instaurado por Cánovas del Castillo. En este pueblo supuso el fin del
dominio que durante cerca de cuarenta años tuvo el partido liberal. Éste había
sido el dueño y señor de los municipios de los partidos judiciales de Dolores
y Orihuela, primero bajo el liderazgo de Trinitario Ruiz Capdepón y luego de
su hijo Trinitario Ruiz Valarino (a éste último se le dedicó durante un
tiempo la actual avenida País Valenciano), sin que los repetidos intentos de
los marqueses de Rafal y del Bosch y sus huestes conservadoras pudieran acabar
con el poder de estos "hacedores de elecciones".
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Vista del pueblo
tomada desde el castillo. Al fondo las dunas repobladas y el mar
(Año 1927)
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La tradición
agrícola ha marcado la vida local hasta fechas muy recientes. En la
ilustración cuadrilla abriendo ñoras en una era de la parte norte
del pueblo en los años sesenta. |
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En los años veinte, con 2.800 habitantes y una población dedicada
mayoritariamente a la agricultura y a la pesca, se inicia en Guardamar una
actividad económica que iba a ser determinante en su futuro: el turismo. En
este periodo comenzó a construirse los primeros chalets de la playa. No era algo multitudinario, ya que, excepto el día de San
Cristóbal, nuestros abuelos sólo visitaban la playa muy de tarde en tarde. El
veraneo era sólo para una minoría de privilegiados que podía permitirse el
lujo de vivir junto al mar casi tres meses al año y acudía a balnearios, como
aquél de "Los Baños de Babilonia" que se edificó en
la playa del Centro, al final del Paseo del Ingeniero Mira.
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Pero los años veinte no sólo fueron una época de visitas reales y veranos
locos. La situación real de la nación era muy diferente, como claramente lo
denotaba la agitación social y económica y el golpe militar de Primo de
Rivera. Aunque Guardamar no había destacado por la militancia política, el
descontento por parte de la población, debido a la dictadura consentida por el Rey,
cristalizó en la formación de núcleos republicanos. Concretamente, de tres
partidos: el radical-socialista, el radical, y el socialista. Este descontento, unido a la división y desmovilización
en el campo monárquico, culminó con la proclamación de la Segunda República
tras las elecciones municipales de abril de 1931. En Guardamar triunfaron
oficialmente los monárquicos, aunque al repetirse al poco tiempo las
votaciones, resultó elegida una corporación mayoritariamente republicana.
Muchas eran las esperanzas que despertó el nuevo régimen, pero todavía eran
mayores los problemas a los que tenía que enfrentarse, encontrándose además
con una opinión pública que exigía soluciones instantáneas. Concretamente,
en Guardamar y el resto de la Vega Baja destacaban por sus problemas producidos
por el mal reparto del agua entre las tres vegas y la pertinaz sequía que se
venía padeciendo. Ello obligó al nuevo alcalde, Jerónimo Trives, a
participar activamente en las asambleas de regantes en defensa de los labradores
de la localidad. El periodo republicano se caracterizó por la inestabilidad política
local, palpable en los continuos cambios de alcalde y la radicalización política
de la población. Afortunadamente, no se llegaron a extremos tan fuertes como en
alguna localidad vecina, donde se produjo enfrentamientos violentos entre los
vecinos y las Fuerzas del Orden Público.
Como era de prever al inicio de la Guerra Civil, la situación sólo se clarificó
a partir del 23 de julio de 1936, cuando no se produjo - o fracasó- el
alzamiento militar en Alicante, Cartagena, Valencia y Murcia. Guardamar, de
nuevo, fue retaguardia en esta ocasión de la zona republicana. Otra vez, como
un siglo antes se temía un desembarco, fortificándose la costa con trincheras,
nidos de ametralladoras (la roqueta) ..., también se acuarteló
un batallón del ejército popular republicano. El pueblo no llegó a ser
bombardeado y, salvo el pánico que produjo la falsa noticia del desembarco del
ejército de África (la famosa "noche de los moros") no se produjo
incidentes bélicos dignos de mencionar.
Sí que hubo grandes transformaciones de tipo económico y social como fueron,
por ejemplo, la colectivización de gran parte de las tierras de cultivo y la
creación de una asociación de pescadores. Al igual que la mayoría del
territorio republicano (excepto Vizcaya y Guipúzcoa), desapareció cualquier
vestigio público de religiosidad, y se destruyeron o escondieron imágenes,
cuadros... Afortunadamente no ocurrió lo mismo con sus habitantes, siendo
Guardamar uno de los pocos pueblos de la Vega Baja en los que no hubo
represalias sangrientas. Durante tres años el pueblo acogió colonias
infantiles y refugiados provenientes de los frentes. La situación se deterioró
a partir del segundo año de guerra, siendo una de sus consecuencias el
desabastecimiento de mercancías y el acaparamiento de dinero en metálico. Esto
último obligó al ayuntamiento a emitir billetes de 25 céntimos para paliar la
falta de moneda fraccionaria.
El fin de la guerra trajo consigo un cambio radical. Económicamente se acabó
con las colectivizaciones y las tierras volvieron a manos de los dueños
anteriores al 36. Socialmente hay una vuelta atrás en todo lo referente a las
costumbres, caminando hacia la reanudación de los usos tradicionales. De nuevo
Guardamar sirvió de acuartelamiento militar, sucesivamente a los regimientos de
infantería de San Quintín y al de Covadonga nº 105 hasta que, a mediados de los
años cuarenta, éste último marchó a los Pirineos a combatir a los
"maquis".
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Económica y demográficamente la posguerra supone un estancamiento del que se
comenzará a salir lentamente en los años cincuenta. Pero habrá que esperar a
los años sesenta para que, con el auge turístico y el desarrollo de la
construcción, se produzca un crecimiento significativo de la construcción. Así
se pasará de 4.800 habitantes en 1969 a más de 10.000 en nuestros días.