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Vega Baja

Historia

Guardamar del Segura

Historia

Guardamar del Segura se encuentra enclavada sobre una ladera que cae hacia el mar. Su término municipal está atravesado por el río que le da nombre y que desemboca en las cercanías del casco urbano. Su posición estratégica en una colina que domina la vega del Segura, y que la pone a salvo de las inundaciones, ha facilitado desde antiguo el asentamiento humano en su solar. Prueba de ello son los múltiples yacimientos arqueológicos que hay en su término.

Entre los más antiguos hasta ahora conocidos, destaca el de Cabezo Lucero, de época íbera. Consta de poblado y necrópolis, y en él se encontró en septiembre de 1987, la DAMA DE GUARDAMAR o de Cabezo Lucero, magnífico ejemplo de escultura íbera que hoy se puede admirar en el Museo Arqueológico Provincial de Alicante. No menos importantes son los restos fenicios existentes en el nivel inferior de la Rábita, lo que no tiene nada de extraño por su situación junto al cauce viejo del río, un lugar favorable para construir un puerto comercial fortificado. Abundantes son también los restos romanos descubiertos en el yacimiento del Castillo, en el que se encontraron exvotos y un fragmento de la estatua del dios Mercurio.

Otro importante yacimiento de la época romana es el del Salidero; situado junto al mar, en el que se encuentran restos de una factoría de salazón de pescado. Un historiador llegó a hablar del encuentro de dos columnas procedentes de una villa romana.

No en vano, el actual Guardamar está junto a la vía romana que, bordeando la costa, se dirigía a Cartagena, como lo atestiguaban las lápidas - que hasta el siglo XVI se mantuvieron de pie en las que se leía la siguiente inscripción en latín: "Por aquí pasó la VI Legión de Julio Cesar". Por último en el ámbito anecdótico, cabe señalar que el Deán de Orihuela D. Antonio Marco Palacio, en el cronicón titulado "Clave de Salomón", basándose en fuentes antiguas, identificaba Guardamar del Segura con un lugar mítico en el que se abastecieron las naves que Salomón envió en busca de materiales para el templo de Jerusalén.

Esta antigua creencia, junto con los múltiples hallazgos arqueológicos y las poco precisas descripciones de los geógrafos griegos, llevaron a algunos eruditos a localizar a "Alona" junto a la desembocadura del Segura.

Edad Media

Playas de Orihuela

No se han localizado restos de la época visigótica, lo que es normal porque nos encontrarnos en una región donde la presencia de este pueblo fue exigua. Sin embargo, sí que los hay, y de gran importancia, de la época musulmana. Tudmir, la tierra de Teodomiro, después Sharq-Al-Andalus, era un territorio rico en poblamiento del que quedan abundantes testimonios. En 1897, durante los trabajos previos a la repoblación de las dunas, se encontró una lápida escrita en caracteres arábigos en el paraje de la Fonteta que, traducida, dice lo siguiente:

"En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso, No Dios, sino Alá: Mahoma es el enviado de Alá; se concluye esta mezquita en el mes de Almoharré el año tres y treinta y trescientos: mandó construirla Ahmed, hijo de Bohlul, hijo de la hija de Alwatsecbil, el que busca la recompensa de Al; con auxilio de Muhammad, hijo de Abusalema: obra de Aben Morracha ... el constructor... "

A finales de 1984 Rafael Azuar Ruiz, al frente de un equipo arqueológico de la Diputación Provincial inició la excavación sistemática del yacimiento. El descubrimiento fue mayor de lo esperado, pues no sólo apareció la mezquita fundada en el año 944 de la era cristiana de la que habla la lápida, sino un complejo religioso mucho más importante. Los restos arqueológicos se corresponden con los de una rábita (monasterio fortificado) de la época del Califato de Córdoba, que se mantuvo ocupada desde finales del siglo noveno hasta que un terremoto la destruyó en el año 1048. De su importancia baste decir que es la única conservada en España y una de las más antiguas del Mediterráneo occidental. Sin embargo no está claro si la población laica vivía junto a la rábita o estaba asentada hacia el interior, en lo que las primeras crónicas cristianas llaman Almodóvar.

Edad Moderna

En la primera mitad del siglo XVI Guardamar tuvo que hacer frente a varios desembarcos berberiscos (1502-1543). Estos asaltos, unidos a la intranquilidad que producía la posible alianza entre los musulmanes africanos y los moriscos valencianos, movió a las autoridades del reino a renovar las fortificaciones costeras, incluidas las de Guardamar.

A través de sendos informes redactados por los ingenieros militares Juan Bautista Antonelli (1553-1558) y Vespasiano Gonzaga (1575) conocemos detalles de las obras que se realizaron y de la situación general en que se encontraba el pueblo. Según Vespasiano Gonzaga, Guardamar tenía 120 casas dentro de la muralla. Por estos años se remodelaron las fortificaciones, adaptándolas a las necesidades defensivas del siglo XVI, es decir, preparándolas para resistir el bombardeo artillero. Como resultado de estas obras, se remodeló el llamado "Baluarte de la Pólvora" y se reconstruyeron las torres de vigilancia litorales, como la que actualmente sigue en pie en las salinas de Santa Pola o las que dieron nombre a Torrevieja, Torrelamata y Torre de la Horadada. Pero, pese a tantos esfuerzos y a las franquicias que Fernando el Católico y Carlos I concedieron a sus habitantes, la piratería berberisca castigó en demasía al pueblo y éste perdió la mayoría de su población.

Durante todo este periodo, como afirman Clara E. Martínez Teva y José García Amorós en su estudio "Concesión del Título de Real Vílla a Guardamar",la situación jurídica del pueblo durante los siglos XV-XVII era ambigua. Puesto que si oficialmente era aldea de Orihuela, en la práctica, se comportaba como villa independiente, eligiendo a sus autoridades, y como tal era tratada por la corona.

De 1625 datan los actuales "Estatutos de riego del Juzgado Privativo de Aguas de Guardamar", redactados por Jerónimo Mingot, abogado fiscal y patrimonial de Alicante, por orden de Felipe IV, quién las aprobó el mismo año. Constituyen un verdadero monumento jurídico todavía vigente y en gran parte desconocido para los propios guardamarencos.

En 1648 la población fue diezmada por una epidemia de peste, enfermedad catastrófica para la época y que causaba verdadero terror. Afortunadamente, en 1678 el pueblo se libró de una nueva epidemia, instituyendo entonces el Cabildo Municipal como voto de acción de gracias, la fiesta de San Roque, santo al que se le consideraba protector contra la peste.

Pero el acontecimiento más importante del siglo XVII sería la concesión del título de Villa Real con derecho a representación en las Cortes del Reino por privilegio del rey Carlos II, el 29 de agosto de 1692. Merced que costó un generoso donativo de cuatro mil ducados de las arcas de Guardamar a la Hacienda Real y un pleito igualmente costoso con la ciudad de Orihuela. Las lindes de la flamante villa real eran mucho más extensas que hoy día, incluyendo los actuales términos municipales de Rojales, San Fulgencio, parte de Dolores, Benijófar... Pero, de poco iba a servirle a Guardamar el derecho de representación en las Cortes Valencianas, porque éstas apenas se reunieron en los últimos años del siglo XVII y fueron suprimidas por el rey Felipe V en los primeros años del siglo XVIII.

Grabado 1700En la Guerra de Sucesión (1700-1713), Guardamar se mantuvo fiel a Felipe V a pesar de la amenaza que suponía el ejército del marqués de Rafal, favorable al archiduque Carlos de Austria. Por ello sufrió el asalto y saqueo de su caserío por las tropas austriacas el 23 de agosto de 1707. En recompensa de su fidelidad y del entusiasmo demostrado por los voluntarios que lucharon bajo sus banderas, el primer rey Borbón le otorgó el título de "Leal" y la liberó del pago de impuestos durante cuatro años por Real Cédula de 13 de julio de 1708.

El siglo XVIII avanza, tras la guerra, como un periodo de recuperación y desarrollo económico, patentes en nuevas construcciones como la iglesia parroquial, la ermita de la Soledad, o el propio barrio del arrabal construido a extramuros de la villa. Pero el gran esfuerzo del momento fue la bonificación de las marismas y marjales que ocupaban el sector costero de la Vega Baja.

La empresa supuso la primera amputación del término municipal, porque en 1720 se cedieron trece mil tahúllas al cardenal Belluga para crear las llamadas "Pías Fundaciones" (Dolores, San Fulgencio, y San Felipe Neri). A cambio, la villa recibiría doscientas cincuenta libras anuales hasta saldar un préstamo que tenía pendiente el Ayuntamiento y otras contraprestaciones menores.

Guardamar se reservó para sus vecinos cuatro mil tahúllas en los actuales parajes de la Marjal, el Río Seco, el Ginebral... que serían puestas en cultivo tras la apertura de los azarbes de la Nueva, la Rasga, la Villa y tramo final de la Comuna. La ordenación dieciochesca de este sector de la huerta todavía se observa en el trazado rectilíneo de caminos y acequias y la dimensión de los bancales, los cuales eran originalmente de cinco tahúllas.

Paralela corre la transformación de los pastizales en terrenos dedicados a cultivos de secano en el Campo de Guardamar. La causa era la presión demográfica producida por el aumento constante de la población, que en el censo de Aranda era de 2.088 habitantes (1769) y que en el de Floridablanca ascendía a 2.349 (1787). Ascenso espectacular si tenemos en cuenta que en el año 1773 se produjo la segregación de Rojales. De estos años es el manuscrito de Joseph Montesinos que trata de la historia de Guardamar en la antigüedad, y lo que es más importante y fiable, de la situación en que se encontraba el pueblo en sus días. Dejando para más adelante lo relativo a la parroquia, edificios religiosos y fiestas, de su testimonio destacan los siguientes datos:

"El pueblo seguía conservando el recinto amurallado, con dos entradas sobre las que campeaba el escudo de la villa y sendas puertas de hierro que se cerraban de noche. En el extremo meridional se encontraba el castillo que, aunque deteriorado, todavía se mantenía apto para la defensa. A finales del siglo XVIII era su "Alcaide " Miguel Claramunt, descendiente de una antigua familia de caballeros que había ostentado el cargo desde la Edad Media. El castillo tenía mazmorra, tres cisternas, vivienda para el "Alcaide" y su familia y depósito de armas. Sobre su única puerta se veneraba la imagen de San Roque. Desde allí partía la calle Mayor, que llegaba hasta la puerta principal de la muralla y la iglesia; a medio camino aparecía el ayuntamiento, recia construcción de piedra en el que destacaba el salón de sesiones."

En estos años la corporación municipal estaba formada por dos alcaldes ordinarios, tres regidores, dos diputados, un procurador general, un síndico personero, escribano y alcalde de hermandad. El ayuntamiento pagaba de sus fondos un maestro de primeras letras, una maestra para las niñas, médico, cirujano-sangrador (barbero), comadrona, y macero (ujier del ayuntamiento).
Entre las fortificaciones de la muralla de la villa destacaban el "Baluarte de la Pólvora" y tres torreones medianos, uno de los cuales servía como campanario. El resto lo constituían casas particulares, excepto el molino harinero hidráulico que en parte se conserva (aunque el edificio actual es posterior) y el almacén de la Real Compañía de los Cinco Gremios de Madrid, que se utilizaba para depositar la barrilla empleada para fabricar la sosa.

Obra reciente era el puente de piedra, construido entre 1758 y 1760, que tenía tres ojos y dos urnas en medio de los muretes para colocar las imágenes de los patronos Santiago Apóstol y la Virgen del Rosario. Y una de las noticias más sorprendentes que leemos en el manuscrito es que por el cauce, del entonces caudaloso Río Segura, entraban barcos de doscientos quintales hasta la altura del puente.

En cuanto a la economía, Montesinos nos describe una población eminentemente agrícola, dedicada al cultivo del olivo, la morera (gusanos de seda), viñas, granadas, naranjas, limones, trigo, cebada, maíz, hortalizas, y sobre todo a la recolección de la barrilla. Hay también alguna referencia a las pesquerías de angulas en el río y los azarbes.

Edad Contemporánea

El inicio del siglo viene marcado por el estancamiento y la crisis económica, que luego se verán agravados por la Guerra de la Independencia y los abundantes conflictos civiles decimonónicos. Guardamar fue retaguardia durante la guerra con los franceses, aunque se temió siempre un desembarco de las tropas napoleónicas. Tras declarar la guerra a Francia el 28 de mayo de 1808, el ayuntamiento, siguiendo las órdenes del Capitán General, formó dos compañías de voluntarios, Milicias Honradas del Reino, que se encargaron de vigilar la costa y de proteger el castillo. Pero el desembarco enemigo no se produjo.

A los doce años de acabar la Guerra de la Independencia, las playas de Guardamar fueron escenario de una romántica intentona de proclamar la Constitución de 1812 y acabar con el gobierno absolutista de Fernando VII. El 19 de febrero de 1826 sesenta revolucionarios liberales, capitaneados por los hermanos Bazán, desembarcaron en Guardamar y ocuparon temporalmente el pueblo. Se llevaron las pocas armas que había en el castillo y proclamaron la Constitución. Pero la elección no había sido correcta, porque se encontraban en una comarca mayoritariamente absolutista donde lograron escaso apoyo y ayuda. Al poco tiempo fueron aniquilados por las tropas del gobierno en la huerta de Alicante y la mayoría de ellos fusilados.

Sin embargo, si algo determinó la vida de Guardamar en el siglo XIX, fue el terremoto de 1829 que lo arrasó y obligó a reconstruirlo en el emplazamiento actual. De hecho, de 1800 a 1830 aumentó la actividad sísmica en todo el sureste peninsular, advirtiéndose temblores de tierra en los años 1802, 1803, 1822, 1823, 1826, y 1828. Según el testimonio de Miñano, el de 1826 afectó a las murallas y a la mayoría de los edificios. Los principales terremotos fueron los de los días 21 y 23 de marzo de 1829 que destruyeron Guardamar y muchos de los pueblos vecinos.

El resultado fue calamitoso, pues fueron asoladas las localidades de Almoradí, Benejúzar, Rafal, Rojales, San Bartolomé, Torrelamata, Torrevieja y Guardamar. Quedaron medio arruinados Dolores, Benijófar, San Fulgencio, Formentera, Daya Nueva, Daya Vieja, La Puebla,

La Parroquia de San Miguel (el actual San Miguel de Salinas), y la mayoría de las casas de campo.

Los efectos del seísmo también afectaron a lugares más alejados como Murcia, Elche o Alicante.

En Guardamar fueron destruidas 557 casas, la iglesia parroquial, tres ermitas, la fortaleza, dos molinos harineros, dos silos y tres almazaras. Sorprendentemente, sólo hubo ocho muertos y catorce heridos, probablemente porque la población ya estaba alertada por el terremoto del día 21 que destruyó Torrevieja y Almoradí, y el que destruyó Guardamar fue dos días después, el 23 de marzo. El movimiento sísmico tenía su epicentro en el actual término municipal de Torrevieja y alcanzó una magnitud de 6,3 en la escala de Richter y una intensidad de X 1/2 en la escala de Mercalli. Sólo en Guardamar dejó a 3.000 personas sin vivienda.

Ante tan graves noticias llegadas a la Corte y los apremios del obispo de Orihuela, D. Félix Herrero Valverde, el Rey envió un comisionado a evaluar las pérdidas. Se trataba de D. Agustín de Larramendi, ingeniero con categoría de Intendente Honorario de Provincia. La sorpresa de éste al conocer la magnitud de los daños fue mayúscula. En connivencia con el Obispo redactó un plan para la reconstrucción de la zona afectada.

La nueva Guardamar se planifica como un pueblo alargado, construido a partir de un eje central (actuales calle Mayor-Avenida País Valenciano) con tres plazas, una grande y rectangular en el centro, en medio de la cual se levantará la parroquia, y dos redondas en los extremos. Guardamar se edificó en una ladera orientada hacia el mar siguiendo las instrucciones establecidas por Larramendi que, en el informe número tres enviado al Rey, establecía las siguientes normas:

  1. Determinación de la situación más ventajosa de los pueblos, por lo que cambia la situación de Guardamar con vistas a una mayor seguridad.
  2. Trazado de nueva planta regular con calles que se cortan en ángulo recto.
  3. Realización de la construcción con todas las prevenciones necesarias en una zona con actividad sísmica: calles de cuarenta a cincuenta pies de ancho, casas de una sola planta con quince pies de alto como máximo y amplios espacios de seguridad como patios interiores y anchas vías públicas.
  4. Uso abundante en las edificaciones de madera muy trabada entre sí y de mampostería. Para impedir desprendimientos se eliminan cornisas, voladizos, balaustradas, etc.
  5. Consideración de la reconstrucción como una obra pública del Estado, que además dirigiría, porque ésta sería la única manera de que las obras se llevaran a cabo.
  6. Plantación de árboles en las calles y de parrales en los patios, para mitigar los efectos del sol veraniego y producir leña y frutos.

Se construyeron quinientas sesenta casas de una sola planta, repartidas en veintidós manzanas, con un mínimo de treinta pies de fachada y cuarenta de fondo. El pueblo tenía una gran plaza central de quinientos pies de largo y doscientos cuarenta de ancho y dos circulares en los extremos de ciento sesenta pies de diámetro. El terreno sobre el que se levantó costó dieciséis mil reales, las obras ascendieron a 1.793.821, y además se socorrió al vecindario con otros 140.863; en total, 1.950.684 reales. El edificio más notable de la nueva población era la iglesia parroquial a la que se destinó un solar en la Plaza Mayor y cuyas obras se demoraron por más de sesenta años. A mediados del siglo XIX Guardamar tenía, según Madoz, 2.237 habitantes, escuela pública de niños, otra para niñas y dos privadas, una para cada sexo. Es decir, una situación demográfica similar o incluso inferior a la del siglo anterior. Las vicisitudes de los primeros años del siglo XIX fueron las responsables de este débil crecimiento.

En la primavera de 1896 se iniciaron las tareas de repoblación forestal bajo la dirección del Ingeniero de Montes, D. Francisco Mira y Botella, y la supervisión del ingeniero murciano D. Ricardo Codorníu y Starico -el apóstol del árbol-. Los trabajos en los que participó la mayoría del pueblo duraron algo más de veinte años y costaron 647.000 pesetas de las de entonces, que incluían mano de obra, semillas... Consistieron fundamentalmente en la plantación de especies adaptadas a los suelos arenosos y a la sequía crónica, como el pino piñonero, el pino carrasco, eucaliptos o palmeras. También se emplearon especies herbáceas de menor entidad como el barrón, la mata melera, o la que popularmente se conoce como matacuchillo.. La repoblación de las dunas dio a Guardamar una de sus señas de identidad y uno de sus parajes más hermosos. Pero no hay que olvidar que al mismo tiempo garantizó durante esos años el trabajo y la prosperidad de muchas familias y fue sentida como una verdadera empresa común por todo Guardamar.

Esta repoblación y la ampliación del regadío a la zona del Campo supusieron para Guardamar la verdadera entrada en el siglo XX. En efecto, en 1918 se constituyó la "Real Compañía de Riegos de Levante", que construyó dos canales para aprovechar los caudales sobrantes que en aquellos tiempos tenía el Segura. En el proyecto tuvieron mucho que ver los grandes propietarios de la zona, como el conocido político D. Joaquín Chapaprieta, pero la empresa también estaba avalada por grandes bancos y el propio Alfonso XIII era uno de los primeros accionistas, por lo que puede calificarse como proyecto nacional.

A raíz de ello se desmontó la noria que desde tiempo inmemorial funcionaba junto al molino harinero de San Antonio en el azud de Guardamar, y se sustituyó por el primer motor elevador de agua eléctrico (la bombeta). Fue entonces cuando la luz eléctrica comenzó a utilizarse en los hogares privilegiados de la localidad. De regia coronación de este proceso puede calificarse la visita de D. Alfonso XIII en miércoles 31 de enero de 1923.

El monarca, acompañado de las autoridades, inauguró el canal levantando las compuertas, y posteriormente se dirigió a pie al pueblo, visitando las dunas y la iglesia. Paseando sin escolta y acompañado por los guardamarencos, inauguró oficialmente el Parque que llevaría su nombre y dio por finalizada su estancia en la localidad.

Años después, en 1929 se construyó el puente de hierro. El año 1923 fue también el del golpe de Estado del General Primo de Rivera (13 de septiembre). Esto acabó con el sistema de turno entre los partidos conservador y liberal instaurado por Cánovas del Castillo. En este pueblo supuso el fin del dominio que durante cerca de cuarenta años tuvo el partido liberal. Éste había sido el dueño y señor de los municipios de los partidos judiciales de Dolores y Orihuela, primero bajo el liderazgo de Trinitario Ruiz Capdepón y luego de su hijo Trinitario Ruiz Valarino (a éste último se le dedicó durante un tiempo la actual avenida País Valenciano), sin que los repetidos intentos de los marqueses de Rafal y del Bosch y sus huestes conservadoras pudieran acabar con el poder de estos "hacedores de elecciones".
En los años veinte, con 2.800 habitantes y una población dedicada mayoritariamente a la agricultura y a la pesca, se inicia en Guardamar una actividad económica que iba a ser determinante en su futuro: el turismo. En este periodo comenzaron a construirse los primeros chalets de la playa. No era algo multitudinario, ya que, excepto el día de San Cristóbal, nuestros abuelos sólo visitaban la playa muy de tarde en tarde. El veraneo era sólo para una minoría de privilegiados que podía permitirse el lujo de vivir junto al mar casi tres meses al año y acudía a balnearios, como aquél de "Los Baños de Babilonia" que se edificó en la playa del Centro, al final del Paseo del Ingeniero Mira.

Pero los años veinte no sólo fueron una época de visitas reales y veranos locos. La situación real de la nación era muy diferente, como claramente lo denotaba la agitación social y económica y el golpe militar de Primo de Rivera. Aunque Guardamar no había destacado por la militancia política, el descontento por parte de la población, debido a la dictadura consentida por el Rey, cristalizó en la formación de núcleos republicanos. Concretamente, de tres partidos: el radical-socialista, el radical, y el socialista. Este descontento, unido a la división y desmovilización en el campo monárquico, culminó con la proclamación de la Segunda República tras las elecciones municipales de abril de 1931. En Guardamar triunfaron oficialmente los monárquicos, aunque al repetirse al poco tiempo las votaciones, resultó elegida una corporación mayoritariamente republicana. Muchas eran las esperanzas que despertó el nuevo régimen, pero todavía eran mayores los problemas a los que tenía que enfrentarse, encontrándose además con una opinión pública que exigía soluciones instantáneas. Concretamente, en Guardamar y el resto de la Vega Baja destacaban por sus problemas producidos por el mal reparto del agua entre las tres vegas y la pertinaz sequía que se venía padeciendo. Ello obligó al nuevo alcalde, Jerónimo Trives, a participar activamente en las asambleas de regantes en defensa de los labradores de la localidad. El periodo republicano se caracterizó por la inestabilidad política local, palpable en los continuos cambios de alcalde y la radicalización política de la población. Afortunadamente, no se llegaron a extremos tan fuertes como en alguna localidad vecina, donde se produjo enfrentamientos violentos entre los vecinos y las Fuerzas del Orden Público.

Como era de prever al inicio de la Guerra Civil, la situación sólo se clarificó a partir del 23 de julio de 1936, cuando no se produjo - o fracasó- el alzamiento militar en Alicante, Cartagena, Valencia y Murcia. Guardamar, de nuevo, fue retaguardia en esta ocasión de la zona republicana. Otra vez, como un siglo antes se temía un desembarco, fortificándose la costa con trincheras, nidos de ametralladoras (la roqueta), y  también se acuarteló un batallón del ejército popular republicano. El pueblo no llegó a ser bombardeado y, salvo el pánico que produjo la falsa noticia del desembarco del ejército de África (la famosa "noche de los moros") no se produjeron incidentes bélicos dignos de mencionar.

Sí que hubo grandes transformaciones de tipo económico y social como fueron, por ejemplo, la colectivización de gran parte de las tierras de cultivo y la creación de una asociación de pescadores. Al igual que la mayoría del territorio republicano (excepto Vizcaya y Guipúzcoa), desapareció cualquier vestigio público de religiosidad, y se destruyeron o escondieron imágenes, cuadros... Afortunadamente no ocurrió lo mismo con sus habitantes, siendo Guardamar uno de los pocos pueblos de la Vega Baja en los que no hubo represalias sangrientas. Durante tres años el pueblo acogió colonias infantiles y refugiados provenientes de los frentes. La situación se deterioró a partir del segundo año de guerra, siendo una de sus consecuencias el desabastecimiento de mercancías y el acaparamiento de dinero en metálico. Esto último obligó al ayuntamiento a emitir billetes de 25 céntimos para paliar la falta de moneda fraccionaria.

El fin de la guerra trajo consigo un cambio radical. Económicamente se acabó con las colectivizaciones y las tierras volvieron a manos de los dueños anteriores al 36. Socialmente hay una vuelta atrás en todo lo referente a las costumbres, caminando hacia la reanudación de los usos tradicionales. De nuevo Guardamar sirvió de acuartelamiento militar, sucesivamente a los regimientos de infantería de San Quintín y al de Covadonga nº 105 hasta que, a mediados de los años cuarenta, éste último fue destinado a los Pirineos a combatir a los "maquis".

Económica y demográficamente la posguerra supone un estancamiento del que se comenzará a salir lentamente en los años cincuenta. Pero habrá que esperar a los años sesenta para que, con el auge turístico y el desarrollo de la construcción, se produzca un crecimiento urbanístico significativo. Así se pasará de 4.800 habitantes en 1969 a más de 10.000 en nuestros días.



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